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Vivimos en una época en la que la sensibilidad está despertando con mucha fuerza. Cada vez más personas sienten más, perciben más y se abren más a lo que ocurre dentro y fuera de ellas. Sin embargo, este despertar no siempre viene acompañado de la capacidad de sostener lo que se siente. Y ahí es donde comienza la confusión Durante mucho tiempo se nos ha hecho creer que el problema es “ser demasiado sensible”. Pero la sensibilidad, en sí misma, no es el problema. Es una capacidad profundamente humana, una puerta hacia la conexión, la empatía y la conciencia. Lo que genera sufrimiento no es sentir mucho, sino no saber qué hacer con eso que sentimos. Cuando no hay un espacio interno que pueda sostener la experiencia emocional, la sensibilidad se desborda. Y en ese desbordamiento, dejamos de ser referencia para nosotros mismos. Empezamos a mirar hacia fuera para encontrar estabilidad: en la aprobación del otro, en su presencia, en su respuesta. Sin darnos cuenta, nuestro equilibrio interno comienza a depender del vínculo. Ahí es donde aparece la codependencia. No como un fallo, sino como una adaptación. Una forma aprendida de regularnos emocionalmente a través del otro. De intentar asegurarnos el amor, la conexión o la calma, incluso si eso implica desconectarnos de nosotros mismos, adaptarnos en exceso o silenciar nuestras propias necesidades. En la base de muchos patrones de apego inseguros hay una sensibilidad que no pudo ser acompañada. Una sensibilidad que aprendió a sobrevivir saliendo de sí misma. Por eso, en la vida adulta, podemos encontrarnos sintiendo intensamente, pero sin un lugar interno desde el cual sostener esa experiencia sin perdernos en el otro. Cuento: sensibilidad sin centroImagina a una niña… Una niña muy sensible. No es una niña cualquiera. Es una niña que percibe todo. Percibe cuándo su madre está triste aunque no diga nada. Percibe la tensión en una habitación antes de que alguien hable. Percibe los cambios, los silencios, las miradas. Siente mucho. Pero hay algo que no tiene. No hay un adulto que le diga: “Esto que sientes puedes sostenerlo.” No hay alguien que le enseñe a quedarse dentro de sí. Entonces, poco a poco, sin darse cuenta, la niña aprende algo. Aprende que para estar bien, tiene que mirar hacia fuera. Que si mamá está bien, ella está bien. Que si hay tensión, tiene que adaptarse. Que si alguien se aleja, algo ha hecho mal. Y así, sin saberlo, empieza a salir de sí misma. Con los años, esa niña crece. Y sigue siendo sensible. Muy sensible. Pero ahora ya no sabe dónde termina ella… y dónde empieza el otro. Entra en una relación y siente todo lo del otro. Si el otro está bien, respira. Si el otro se aleja, se cae. Ama, pero se pierde. Siente, pero se desborda. Y un día, alguien le dice: “Eres demasiado sensible.” Pero no es verdad. Nunca fue “demasiado”. Lo que pasó es que nadie le enseñó a sostener lo que sentía sin dejar de estar en sí misma. Y así fue que se cerró para protegerse, y entonces le decían, "es que eres muy fría y distante". Pero un día, pasados los años, comprendió que la clave no estaba en dejar de sentir, sino en volver: a su cuerpo, a su respiración, a su centro... Empezó a notar: “Esto es lo que siento yo y puedo quedarme aquí.” Y poco a poco, algo empezó a cambiar. A pesar de que seguía sintiendo todo, ya no se perdía en el otro. Aprendió a estar con el corazón abierto, sin desaparecer, a ser profundamente sensible sin perderse, y a amar con compasión sin fusión. Aprendió que la sensibilidad es un superpoder y que estar presente con el corazón abierto ayuda a sanar a los demás. [Lectura recomendada: Sanando al Bebé interior] El camino no pasa por dejar de sentir ni por cerrarnos al vínculo, sino por desarrollar ese centro interno que quizás no se pudo formar en su momento. Un lugar dentro de nosotros desde el cual podamos habitar lo que sentimos, sin desaparecer. Porque solo cuando aprendemos a sostener nuestra propia sensibilidad, el amor deja de ser un lugar donde perdernos… y se convierte en un espacio donde realmente podemos encontrarnos. Guiomar Ramírez-Montesinos Psicoastrocoach Si te ha gustado este artículo, te gustará mi libro, "Vuelve a ti".
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